jueves 5 de noviembre de 2009

64. Mañana

¡Desde mañana! ¡Desde mañana mismo! ¡Esto se ha terminado!
MEDARDO FRAILE, Las profesiones


Dejó pasar el dí como dejaba pasar todos. Llegaba la tarde y miraba por la ventana hasta que plácidamente llegaba la noche. Dormía y otra vez la mañana, otra vez las mismas horas sin hacer nada. Mañana, decía, mañana lo empiezo todo. Mañana.

Se lo podía permitir, claro, era de buena familia y no tenía preocupaciones de facturas ni de caminos. A veces paseaba por la calle dejando su mirada en la mirada de las chavalas. Ésta tiene lo ojos como aceitunas negras, como le gustaban a Goya. Ésta las pupilas azules. El color del otoño, verde oscuro, marrón, está en los ojos de ésta otra. Luego al llegar a casa, al dejar pasar las horas lentas y abúlicas recorriendo su piel, pensaba: Mañana, mañana mismo cambia todo. Mañana madrugaré, buscaré trabajo, seré un hombre de provecho. O quizá estudie.

Al día siguiente, después de comer, mientras la ciudad dormitaba en sofás rojos o liaban cigarrillos en las mesas camilla, salió a dar un paseo y entró en un burdel. Hizo lo que tenía que hacer, pagó y se fue. Por la tarde estuvo recordando a la puta con la que había estado, sus amplios y crueles pechos, el pelo asustado. Fueron las últimas veinte pesetas que le quedaban en el bolsillo y tendría que pedir más a su madre. Mañana, desde mañana mismo. Y la noche llegó casi sin que se diese cuenta y e pilló bajando a unos lóbregos sótanos en los que encontró unos juguetes con los que solía pasar el tiempo cuando era joven. Eran sus recuerdos. La guerra como un montón de escombros que dejaron para que se escondiesen los niños del barrio después. La madre terca y complaciente, un remanso que sacaba de la cartera todo lo que necesitaba. Mañana, mamá, mañana se termina todo esto.

Y mañana buscó profesión. Le duró una semana eterna. Mañana mamá, mañana busco otra cosa. Con el dinero que ganó volvió al burdel. Eligió otra chica y le sentó muy bien. Regresó a casa a las nueve, le dijo a su madre que no tenía hambre y se metió en la cama sin pensar en lo que haría mañana.

miércoles 28 de octubre de 2009

63. Tú y yo nos lo merecemos

Dame una moneda. Una moneda. Por favor, ¿tiene una moneda? Oiga. Necesito llamar por teléfono. Por favor, una moneda. Joder, necesito llamar a. Necesito conseguir dinero. Señor. Hace un frío de la hostia. En las cabinas de antes cerrabas la puerta joder, por qué hace tanto frío en Nueva York, joder. Oye, Hallward, necesito dinero, ¿Quieres verme? Sí, soy tu chico. Cuánto. Tengo frío. No, eso es muy poco, quiero más. Si no, no hago una hora en metro hasta ese apartamento de mierda, me oyes. Tampoco, más. Bueno, quedamos así. Voy para allá. Menos mal, ese viejo maricón.
Tengo que hablar con Tracy, se pondrá muy contenta. Tracy, he quedado con ese viejo marica. Sí, tendremos dinero para dos días. Estás contenta, ¿verdad? Tendremos para cuatro días, y tenemos lo de hoy. Intentaré que me de algo de comer y te guardaré un poco. ¿Dónde tienes la papelina? Joder no me digas que no te acuerdas, reacciona. No, no me voy si no la encuentras. Hemos trabajado muy duro para que luego lo pierdas todo. ¿Me vas a echar de menos? ¿Sólo un poco? No me digas eso, yo voy a tener que soportar a ese sucio viejo por los dos. Yo también te quiero, estaré de vuelta tan pronto como me sea posible, no te muevas de aquí, si cambias de calle me volveré loco buscándote y quiero que nos lo metamos juntos. Y busca la papelina, joder, que siempre estás igual.
Hace calor, eso es lo bueno del metro. De niño veía a la gente tumbada a los lados de los pasillos, durmiendo sobre un cartón. Decía: esa gente está mal, yo nunca seré así. Las cosas son las cosas. Ahora es el mejor sitio, caliente y, si la poli no te molesta, casi seguro, yo estoy ahí en el suelo y miro a los niños. Ya veréis, no lo deis todo por seguro. Pienso por los pasillos hasta el vagón. El chaval de Tracy, vive con la abuela, claro. Deprisa. No puedo dormirme, si me duermo aquí sentado me pasaré la estación. Cuidado, otra vez casi. No debo dormirme. No debo. Otra vez ese sueño. Casi hemos llegado.
Estas calles oscuras de los suburbios. Hallwar, soy yo, ábreme. Cómo que quién yo. Joder, ábreme hombre estúpido. Ya. Siempre está estropeado este ascensor. Creo que no funcionó nunca, seguro. Hola viejo marica. Sí, claro que paso, voy a sentarme. No, no pienso quitarme la gorra. ¿Tienes comida? Cómo que no. Dame algo de comer, joder. No, no quiero beber, tómate tú tu whisky barato. ¿Qué haces? Sí, claro que sé a qué he venido. Vale. Haz lo que quieras. Sí, me la sacaré para ti, no sé cómo puede gustarle esto. Está blanca y flácida, no sé cómo puede gustarle esto. Me da tanto asco que se la meta en la boca. ¿Se lavará la boca? No entiendo cómo se me pone dura. Bueno, hace diez años sí se me ponía dura de verdad, antes de todo esto. Ahora llamo duro a esto. Viejo cerdo. Quiero terminar ya. Tracy estará esperándome. Hoy no encontraremos sitio en el albergue, pero podremos comprar caballo. Eso nos hará dormir, nos esconderá del frío. ¿Ya ha terminado? Cómo le puede gustar tragárselo. Dame mi dinero Halwar. No, no quiero quedarme más rato. Y dame comida, joder, coge lo que sea de la nevera. Necesito llevarle algo a Tracy, no seas hijo de puta. No te voy a besar tío, tampoco de despedida, no ves que me la has chupado, joder. Me voy Hallwar, tengo un trecho largo de vuelta. ¿Me das más dinero? Bueno, vale, la próxima vez, pero a lo mejor no vuelvo nunca, o puede que entonces te mate. ¿No me crees? Pues vete a la mierda.Tracy está congelada, hecha una bola en las escaleras de un semisótano. Cariño, ya estoy aquí. Tengo la pasta, ya he comprado lo nuestro, ¿estás contenta? Yo también. Vamos a algún sitio con luz. Un cajero automático, un portal. Coge las cosas, yo te ayudo. ¿Encontraste eso? Así me gusta, nena, no puede ser que. ¿Tienes el mechero? Vámonos, tenemos que darnos prisa, con esto que he pillado vamos a ir a un sitio mucho mejor, Tracy. Tú y yo nos lo merecemos.
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62. Los ojos de él

Los dos en paro y él con esos ojos que me decían cualquier cosa y yo aceptaba como una autómata. Con una cámara web lo tenemos. Podemos ganar mucho. Y no tenemos que hacer nada que no queramos. Desde esa conversación con la que no tardó mucho en convencerme hasta ahora, de camino a la casa de protector_1983 han pasado apenas tres meses y todavía no logro hacerme una idea de qué ha pasado. Trabajamos sin descanso, a veces casi nueve horas nos hemos tirado frente a la pantalla. A la mayoría no los vemos, a otros sí. Cuerpos sin cabeza con la polla agarrada en una mano, subiendo y bajando. Nos piden lo que quieren que hagamos, y nosotros lo hacemos. Si no me apetece se los digo a él, pero normalmente me convence. Esos malditos ojos.

Hace un mes que me lo dijo. Si vamos en persona ganamos mucho más. Ahora soy su puta. Bueno, al principio también él participaba, pero ahora se limita a llevarme de un lado a otro, de una casa a la siguiente, luego a la cama. Ya hace una semana que no lo hacemos juntos. Me agobia pensarlo y me dejo hacer, como una tonta, pero tengo que reaccionar. Hoy le saco los ojos. Se ha convertido en mi chulo. Al principio tonteábamos con cosas como esas, nos excitaba. ¿Te gustaría que me metiese a puta?

Y ahora abre la puerta protector_1983. Está desnudo. Es joven y guapo, más joven y más guapo que el de ayer. Me desnudo. Él se queda para mirar. Al final han cambiado las tornas. Me lo dijo cuando empezamos con lo de la cámara. Me gustaría ser yo el que mira. Preparo el espectáculo.
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viernes 23 de octubre de 2009

61. Piedras

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Irán, año 2009. Apenas sintió el primer impacto, sentía sus piernas sujetas bajo la tierra luchaban sin sentido por liberarse. Inmóvil por el horror había dejado que la cubrieran con una sábana blanca como amortajándola. Probablemente les incomodaría ver su cara en el momento de lanzar la primera piedra. O tal vez no. Los gritos de la gente la ensordecían, solo quería que todo pasara deprisa, dejar de ser.
Aquel muchacho estúpido a cuyas proposiciones nunca prestó oído, su mirada desagradable, si mirada sucia, parecida a la de quienes a su alrededor sujetaban piedras en las manos sin poder esperar. Siempre lo temió: pasaba por casa de sus padres, hablaba con violencia y les trataba sin ningún respeto. Por eso se negó a sus peticiones, quería encontrar a un hombre que la quisiera, un muchacho con la mirada limpia.
Cuando, perdidas ya sus posibilidades de hacerla su esposa, ella comprendió que la acusación de prostitución la condenaban sin necesidad de pruebas, el mundo empezó a diluirse. Luego todo pasó muy deprisa: la cárcel, noventa y nueve latigazos, los intentos de demostrar su inocencia de su familia, las peticiones de clemencia.
En Irán el Código Penal es muy claro al respecto de las acusaciones de adulterio o prostitución. Ella nunca llegaría a conocer la intimidad, la dulzura de un muchacho, su piel contra la suya. Solo las piedras.
El Código es preciso respecto del tipo de piedras que hay que utilizar: «[...] las piedras no deben ser ni tan grandes como para que la persona muera de una o dos pedradas ni tampoco tan pequeñas como para que no puedan ser consideradas piedras».
El resto fueron seis atemporales minutos de agonía. Cuando las piedras informes, del tamaño de un puño, apartaron la tela anudada sobre su cuerpo frágil pudo ver a la gente. Cientos de personas. Luego cerró los ojos, o desapareció la visión. Luego desaparecieron los ruidos, luego el recuerdo. Solo el dolor antes de la nada. Solo el dolor.
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domingo 18 de octubre de 2009

60. Un cuento

—Mamá, cuéntame un cuento antes de dormir.
—Eres ya muy mayor para esas cosas.
—Ya, pero yo quiero y hace mucho que no me cuentas uno. Me gusta mucho cuando te los inventas.
—Está bien, pero ya tienes ocho añazos, eres un hombretón, y no es edad para cuentos.
—Pero tú me has dicho que hay cuentos para mayores.
—Bueno, tápate y calla.
—Vale.
—A ver. Érase una vez una chica que vivía en un país muy lejano. Era muy guapa y todos los chicos de su pueblo estaban loquitos por ella.
—¿Se parecía a ti cuando eras joven?
—Eh, sí. Pero calla y cierra los ojos. La chica vivía con sus padres en una casa muy vieja y eran muy pobres. Lo que más deseaba en el mundo era irse lejos y no volver nunca. Sabía que otras chicas lo habían hecho y no lo pensó más. Decidió irse.
—¿Y qué hizo?
—Pues se fue, claro. Cuando uno es joven siempre consigue lo que quiere y nunca piensa en las consecuencias. Salir de su lejano país no era fácil, ¿sabes? Así que pidió a unos hombres de su pueblo que la sacasen. Ellos se dedicaban a eso y ya habían sacado a más personas del país. Les daban un palacio y las hacían princesas, eso decían, así que era fácil convencerlas. La muchacha aceptó y se fue con ellos.
—Cuando llegó al nuevo país todo le resultaba extraño, y el palacio tenía que compartirlo con más personas, y tampoco es que fuera un palacio. Había más chicas y las obligaban a estar ahí todo el tiempo, no podían salir y la muchacha lo que quería era conocer el nuevo país para ser la princesa de ese reino, así que…
Lo fácil que se duerme este niño, pensó la madre, y salió de puntillas de la habitación, tratando de no hacer ruido. A la mañana siguiente, mientras los dos desayunaban:
—Mamá
—Dime.
—Tienes que terminar de contarme el cuento. ¿Conseguiste escapar?
—¿Yo? Yo no, pasó mucho tiempo hasta que me dejaron salir, pero la muchacha del cuento sí.
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