Estábamos en la discoteca. Era el viaje de fin de carrera y como casi siempre, de los más de doscientos alumnos matriculados en esa carrera en la que ni alumnos ni profesores sabían por donde se andaban, solo catorce nos habíamos apuntado a la celebración de nuestro último, si todo iba bien, que no iba a ser así, año de carrera.
Ahora estábamos en una discoteca en Sosúa, discoteca por llamarlo de alguna manera, un local con luces de colores, suelo de terrazo y dos enormes bafles en las esquinas, mesas gratis regaladas por la Coca-Cola Company y una barra de obra con torres de cajas de refrescos detrás de ellos.
Durante la noche, dirigidos por el taxista que hacía de chófer y guía fuimos parando por bares, sentándonos y quedándonos de pie en los sitios más inhóspitos, esquivando a las chiquillas que venían a ofrecerse o sujetando a Pepelu para que no les diese dinero por qué sí, pobrecitas: Pepelu, no des dinero que van a formar cola y no nos van a dejar tranquilos. Pobrecitas, pero mira son niñas. Sí, ya lo sabemos, pero con eso no vas a evitar que se las lleve a su cuarto cualquiera de los que están solos por estas mesas.
Hacía tanto calor y era tan tarde, amanecería en pocas horas. Durante la noche ya había cabeceado en un sitio pero habíamos decidido y a otro más y había que ir y volver juntos. Nos lo estábamos pasando bien, por qué, posiblemente por nada, por esos cócteles que soltaban la risa, por la novedad misma, porque vamos, la pobreza tiende a estropear la diversión a la gente con conciencia. El alcohol o la juventud actúan como supresores de ese tipo de pensamientos.
Yo tenía unas ganas locas de largarme al hotel. Pero allí seguíamos. Alguien prometió que el próximo iba a ser el último sitio. Mientras el taxista presentaba opciones a los más animados el resto charlábamos en la puerta del bar. Pero nada, que a Raquel le entraron ganas de hacer pis, y como buen amigo y caballero castellano que es uno me ofrecí a acompañarla. Quién sabe en estos países exóticos. Dentro hacía el mismo calor que en la calle, los speakers seguían aturdiendo. Entró y volvió a salir: hay mucha gente esperando. No te preocupes, aquí espero. Lancé una panorámica al bar, uno de esos estudios sociológicos de tres al cuarto que hacemos por simple aburrimiento en los viajes.
Cuando salí del trance una mujer me llamaba «mi amol». Era pequeña y muy mayor o muy estropeada por la pintura de la cara y las carencias. ¡Qué! Mi amol... Qué, repetí. ¿Tú quieres follanme mi amol? Ahí pensé rápido, cree que estoy aquí solo, buscando. Perdón, estoy esperando a mi esposa mentí, está en el baño. Dije esposa como para que sonase a casado por la iglesia y los sacramentos. Yo follo más mejol que tu esposa. Con un movimiento ágil se lanzó sobre mí, sujetando con una mano mi cuello y con la otra mis pelotas. Retrocedí, intenté zafarme, pero me encontré con la pared, la llave no me dejaba más maniobra que la de mover el cuello convulsivamente para esquivar sus besos. Pensaba en herpes, en enfermedades infecciosas, en qué lugares habría estado esa boca. Alcanzaba el cuello, la camisa, las mejillas, no sé cuanto duró todo aquello ni cómo me solté. Supongo que no lo hice, que ella conocía el límite en el que un no a veces se convierte en un sí. Por eso me soltó.
Cuando Raquel salió yo seguía esperando, me peinaba el pelo que con los años he perdido. Sé que he tardado pero es que había mucha gente. Se me ha hecho eterno, dije, vamos fuera. Salimos y creo que se lo conté a los que esperaban en la puerta. Claro que se rieron, yo me hubiera partido si le pasa a otro. En el siguiente bar la gente reía más que antes. A veces hablaban conmigo y luego les daba la risa, pero yo estaba borracho y dormido y no me parecía nada excepcional.
Un alma caritativa, un buen amigo, seguro, se acercó finalmente para decirme: Tío, la puta te ha llenado de carmín. Me reí y me ruboricé al mismo tiempo. Frente al espejo del baño estaba verdaderamente divertido. Me lavé la cara como pude, nunca había jabón en esos sitios pero no era para tanto. La noche seguía, se extendía hasta el alba y el alba se extiende hasta los recuerdos. Las manchas de carmín se borran con más facilidad que los besos que no has dado, pero eso es otra historia.
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